Señor Director

Gonzalo Fernández

Señor director,

Esta carta no pretende pedir su reconsideración tras la decisión de
despedir al Profesor Noval. Tampoco pretende ser moderada o amable. De
hecho, si tuviese la intención de ser mínimamente educado la
comenzaría con un “Muy Señor Mío” o “Estimado Sr. Director”. Me
imagino que a usted le importa más bien poco cómo comienzo o termino
la carta, del mismo modo que le trae sin cuidado dejar en la calle a
un excelente profesor sin alegar motivos claros para su despido, pero
utilizando a la prensa a su antojo para hundir su imagen profesional.

Desde mi más tierna infancia conocí el colegio del que usted es hoy
director. Entré en párvulos y marché tras acabar COU. Ahora soy
profesor a nivel universitario –en efecto, hay vida fuera del CODEMA–
y sé muy bien lo que es la enseñanza y el esfuerzo que ésta implica.
En mis ya nutridos años de experiencia he visto lo bueno, lo feo y lo
malo y aprendido a dar lo mejor de mi para que mis alumnos aprendan y
se conviertan en buenos profesionales, porque me importan. Me
inspiraron profesores –algunos del CODEMA, otros en la universidad–
que daban lo mejor de si mismos para formar a sus alumnos. Personas
que no tenían problema alguno en emplear horas, recursos propios y
trabajar sin descanso. Que aún estando cansados seguían adelante,
porque les importaba tanto el alumnado como la institución. Nunca
podré agradecer lo suficiente a dichas personas por todo lo que han
dado. Por eso, ofreciendo lo mejor de mi mismo como profesor intento
transmitir los mismos valores y enseñanzas que ellos en su momento me
transmitieron.

Pero también vi lo feo y lo malo. No voy a hablar de la universidad
porque no viene al caso, pero sí voy a decirle lo que vi en el colegio
que usted dirige, no hace tantos años: vi profesorado que humilló y
despreció a alumnos delante de sus compañeros, a veces de un modo muy
desagradable. Eso incluía a más de un profesor que no daba
absolutamente ni golpe en clase. Recuerdo a uno en concreto cuyo
“hobby” era –literalmente– dificultar la enseñanza y que tras repartir
35 suspensos entre 40 alumnos solía animar concienzudamente a algunos
de ellos a dejar sus estudios y dedicarse a “otra cosa”. Tampoco se me
olvidará otro que cuando no podía pasear a gusto en clase se dedicaba
a dar patadas a las mochilas de los estudiantes, situadas junto a las
mesas, todo ello aderezado con su habitual trato soberbio y
despectivo. Y guardo un recuerdo particularmente emotivo de cierto
déspota paranoico que tenía aterrorizado a niños de 13 años,
gritándoles como un sargento mayor en plena guerra si no dibujaban con
precisión dos lineas paralelas. Podría redactar un libro contando lo
que mis ojos vieron, pero no me hace falta decir más porque usted sabe
perfectamente de lo que hablo. Nada de casos aislados, batallitas de
la guerra o anécdotas ocurridas antes del periodo democrático. Usted
lo sabe más que bien. Otra cosa es que lo admita –o no– en público,
pues ya se sabe lo que es el marketing. Alguno de esos profesores
–cuyos nombres he preferido no mencionar porque cualquier antiguo
alumno sabe perfectamente quienes son– siguen aún en el colegio que
usted dirige y nunca fueron despedidos por su nula profesionalidad. No
obstante, usted no era director del centro cuando yo era alumno y
naturalmente no le culpo del comportamiento de personas que poco
tienen de personas y mucho menos aún de profesores. Ni siquiera les
guardo rencor, pero no por ello borro datos de mi memoria.

No he escrito todo esto para pedir cuentas, sino más bien para
desahogarme un poco. Cada uno se desahoga como puede: yo lo hago
escribiendo y opinando de las cosas tal y como las veo, usted lo hace
echando a la calle a un profesional muy competente y muy apreciado por
padres y alumnos. Un profesional que yo conocí y del que no puedo
decir absolutamente nada malo, pues para mi representaba lo mejor del
colegio. Se podía hablar con él con franqueza dado que trataba a los
alumnos como personas. Le importaba el rendimiento y la preparación de
los estudiantes y la calidad de la enseñanza. Era trabajador y sabía
transmitir el conocimiento. Y sobre todo, le gustaba su trabajo. Tras
su despido, el amplísimo apoyo que el Profesor Noval ha tenido por
parte de alumnos –antiguos y actuales– y padres habla por si solo.

Lo que quiero decirle muy claramente es que con su falta de
transparencia, con sus métodos y sus maneras, usted simboliza a la
perfección a ese tipo de profesores que en su vida tendrían que haber
puesto el pie en un aula. Si yo fuese usted dudo que pudiese mirarme
al espejo por las mañanas después de lo que ha hecho. Ha hablado usted
de idearios, de transparencia y de legalidad. Por mucho que se escude
en esas palabras lo que usted ha hecho es intentar amputar el espíritu
a uno de los mejores profesores que el colegio ha tenido en su
historia. Digo “intentar”, porque lo único que usted ha conseguido es
quedar en evidencia. Se lo explicaré más claramente, porque puede ser
que no se haya enterado aún: el Profesor Noval no necesita que le
etiqueten como “marca CODEMA” o similar porque está muy por encima de
usted y del modelo de colegio que usted ha creado. A estas alturas no
me importa en absoluto quien fundó el CODEMA o quienes lo dirigieron
durante sus 75 años de historia, porque el espíritu que en algún
momento pudo tener ese colegio ha muerto por completo, gracias
precisamente a su actitud. Usted puede soñar con que está construyendo
un colegio de élite, pero en realidad con su gestión y sus decisiones
lo que está usted creando es un barco de ratas. No sólo carece de
principios para preparar a sus alumnos para ser hombres, sino que –aún
peor– les está intentando enseñar el método para ejecutar almas
ajenas, para callar, transigir y mirar a otro lado ante injusticias y,
llegado el caso, para que unos devoren las almas de los otros.

Tal como le dije en la primera línea de esta carta, no pretendo pedir
su reconsideración tras la decisión de despedir al Profesor Noval.
Thomas Paine dijo una vez que “Argumentar con una persona que ha
renunciado a la lógica es como dar medicina a un hombre muerto”. Yo no
sé si existe un dios o no. Sinceramente creo que lo más probable es
que no exista. Pero estoy muy seguro de que si por casualidad existe y
resulta que es precisamente aquel dios en el que usted dice creer –sea
el del antiguo o nuevo testamento– por descontado que él debe estar
terriblemente enfadado con usted.

 

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