El Chándal

David Barreiro es ex alumno y ex jugar de balonmano del Codema

elchandal

En noviembre del año pasado, más de mil personas llenaron el Teatro Jovellanos en la clausura del FICXixón en la que se estrenó el cortometraje “Patatas” que tuve el privilegio de dirigir.

Había tantos amigos que comenzaron a aplaudir ya en los créditos iniciales, lo que me hizo sentir muy orgulloso y, por qué no decirlo, un poco avergonzado.

Patatas es un drama ambientado en Asturias con algún leve toque de humor. El más celebrado fue cuando uno de los personajes apareció haciendo deporte con un chándal de táctel, más que pasado de moda.

Era un chándal morado, lila y blanco, con el número diez –ese detalle me pareció irresistible– que yo no había devuelto después de terminar la temporada con mi equipo de balonmano del Codema, unos veinte años atrás.

Utilicé la táctica del escaqueo, fui postergando la devolución de la prenda con la excusa de que se me olvidaba cogerla en casa hasta que terminaron los partidos, el curso y me fui de vacaciones con el botín.

Pero el asunto no había terminado ahí.

Durante ese verano, cada cierto tiempo recibía la llamada de Noval, que me insistía en que no había devuelto el chándal como el resto de mis compañeros.

– Creo que sí lo llevé – alegaba yo sin mucha confianza.
– Te aseguro que no, no lo tengo anotado – me respondía Noval.

Él y yo sabíamos que no había devuelto el chándal, pero no quería acusarme de mentir, sino convencerme de que llevarlo era lo que tenía que hacer.

Como se puede ver en el cortometraje… nunca lo hice.

Así es como recuerdo a Noval. Pendiente de esos pequeños detalles, haciendo cábalas para optimizar los escasos recursos que estaban a su alcance. Recuerdo también aquella mirada –inclinando la cabeza, asomando los ojos por encima de las gafas– cuando nos veía coger los viejos y desgastadísimos balones por la tela desgarrada o consideraba –con razón– que derrochábamos demasiada agua caliente en las duchas posteriores a los entrenamientos.

Noval se desesperaba con mi vagancia en los entrenos y mi poco afán competitivo, pero nos llevábamos bien porque yo me lo pasaba genial viendo los partidos desde el banquillo y tirando un par de vaselinas en los minutos de la basura. Era mi rol y así lo aceptaba con agrado.

Por aquel entonces aún no era profesor en el colegio, pero dedicaba el tiempo que tenía libre a ayudarnos a los más perezosos o los menos dotados para las ciencias a sacar adelante física o matemáticas, siempre pendiente de que el deporte fuera una parte más de nuestra educación, no algo que lo sustituyera.

“Mi patria es la infancia” decía Miguel Delibes y creo que pocos nos atreveríamos a llevar la contraria en eso al maestro. Hace ya casi veinte años que el portón de la calle Alarcón se cerró a mi espalda y nunca he vuelto a entrar. Mantengo muchos amigos de aquella época, compañeros de clase y del equipo de balonmano. Ellos son, como Noval, parte de mi infancia, mi patria.

Me duele esta situación, me duele esta injusticia, pero no me preocupa el futuro de Noval porque sé que alguien con esa dedicación, esa capacidad de trabajo, ese talento y esos amigos no tardará mucho en encontrar un lugar a su altura.

En cuanto al colegio, quizás no exista ya, pienso ahora, ningún motivo para atravesar de nuevo el portón de la calle Alarcón.

Es una pena.

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